
Así comienza la tormenta. El río de mi espíritu se abre en dos columnas tempestuosas y surge mi cuerpo nocturno con la fuerza de un eclipse. La noche se me escurre entre los dedos y los surcos se abren largamente. Nada es mío, ni el espacio íntimo que me rodea, ni el ácido ardor de mi voluntad. No me pertenece mi sudor. No me pertenece. A tientas giro, me mezclo, me sumerjo sospechando la cercanía de un abismo en el que podría caer en cualquier momento. Tener miedo y reconocerlo. Desear y reconocerlo. Hablo de mí. De todo lo probable. De lo etéreo. De lo corpóreo. Mujer desparramada. Mi espíritu y mi cuerpo se revuelcan retorcidos y yo los miro desde afuera. Suspiro y me pervierto. Que alguien arroje la primera piedra.